Hace unos días escribí una opinión sobre el caso de Anna Bensi, la joven cubana que acaba de ser condenada junto a su madre a dos años de limitación de libertad por un tribunal cubano, después de grabar y difundir un video relacionado con la actuación de un agente del MININT. El proceso ha sido denunciado por organizaciones y medios independientes como otro episodio de represión contra quienes expresan públicamente su oposición al régimen. No cuestioné el derecho de Anna Bensi a expresarse, no cuestioné la gravedad de lo ocurrido y muchos menos defendí al régimen cubano. Hice algo mucho más desagradable: cuestioné la tendencia del exilio a convertir automáticamente en líderes políticos a determinadas personas simplemente porque se enfrentan al gobierno cubano. Y aparecieron los guardianes de la nueva ortodoxia: Sin escrotos, yegua, por eso se apartaron de ti y demás incongruencias. No me ofenden particularmente. A mi edad uno ya ha visto demasiadas cosas como para perder el sue...
La historia de las sociedades siempre se ha movido entre dos fuerzas: la apertura y el control. Cada época se define por la forma en que equilibra esas tensiones. Hoy, al mirar el rumbo de nuestra sociedad, se imponen tres realidades que marcan un horizonte incierto: la erosión de la libertad de expresión, la violencia política como lenguaje cotidiano —ejemplificada de manera brutal en el asesinato de Charlie Kirk— y los cambios demográficos profundos que transforman la composición cultural de Europa y Norteamérica. Estos factores, aunque distintos, están íntimamente ligados. Juntos nos obligan a preguntarnos: ¿qué clase de futuro estamos construyendo? Durante siglos, Occidente se enorgulleció de haber colocado la libertad de expresión en el centro de su proyecto democrático. Fue, de hecho, una de las conquistas que definieron la modernidad: el derecho a disentir, a criticar a los poderosos, a imaginar futuros alternativos. Sin embargo, en los últimos años esa libertad pare...
Comentarios