DIOS PATRIA Y FAMILIA
Hay
momentos en los que uno deja de mirar las noticias con indignación y empieza a
mirarlas con tristeza.
Este
es uno de esos momentos.
Tengo la impresión de que Occidente está perdiendo algo que durante siglos le permitió construir sociedades relativamente libres, prósperas y estables: la convicción de que una nación necesita una cultura, una historia, unas fronteras, una familia y unos valores compartidos para sobrevivir.
Es evidente que los políticos electos por las masas ignorantes y hedonistas de Occidente son proclives a destruir sus propias naciones y uno se pregunta constantemente por qué.
Creo que hay una respuesta conservadora bastante más profunda que decir simplemente “son malos” o “son traidores” y aunque en esencia lo son, en algunos casos puede haber decisiones claramente equivocadas o incluso ideológicamente motivadas, pero a veces da la impresión de que existe una conspiración coordinada contra las propias naciones como lo vemos en el reciente caso de España y la invasión desde Marruecos.
Lo que sí es incontestable que las élites políticas occidentales adoptan políticas que, desde una perspectiva nacional-conservadora, parecen actuar contra los intereses de su propio país.
Han dejado de pensar en términos de nación y una gran parte de las élites actuales piensa más en términos de instituciones internacionales, derechos universales, mercados globales y problemas transnacionales.
Esto produce una contradicción: una política puede parecer moralmente correcta desde una perspectiva global y, al mismo tiempo, ser perjudicial para los ciudadanos nacionales.
Pero el primer deber de un gobierno es hacia la nación que lo eligió y aquí no debe haber contradicción alguna.
La inmigración se convirtió en una cuestión moral para muchos gobiernos, pero la compasión no elimina la responsabilidad del gobierno hacia sus propios ciudadanos. Un Estado tiene derecho a decidir cuánta inmigración puede absorber, quién entra y bajo qué condiciones.
Pero
da la casualidad que los estados occidentales decidieron casi al unísono que había
que absorber una inmensa cantidad de inmigración incluso descontrolada, una
especie de política global occidental de fronteras abiertas bajo la presión de
las Naciones Unidas y la Comunidad Europea.
Y también da la casualidad que la mayoría de esos inmigrantes son de países musulmanes.
Crearon el multiculturalismo, el monstruo que devora a occidente y del que muy pocos políticos se atreven a hablar. El multiculturalismo creó una élite que teme hablar de identidad nacional, temen ser considerados racistas y xenófobos y hay gobiernos como el de Canadá que persigue a los que hablan de estos temas. Si durante treinta o cuarenta años se enseña que hablar de cultura nacional es sospechoso, eventualmente los políticos comienzan a tener miedo de defenderla. Una sociedad que exige que la mayoría renuncie a su identidad para demostrar tolerancia termina destruyendo la propia base cultural sobre la que construyó esa tolerancia.
Pero hay otro ángulo.
Los políticos necesitan votos. Si una comunidad inmigrante se concentra geográficamente y desarrolla una fuerte organización política, puede convertirse en un bloque electoral importante. Y eso no es una conspiración.
Es democracia.
Si. La democracia es el arma que han utilizado los enemigos de Occidente para destruirlo y lo están logrando, produciendo políticas que favorezcan a determinados grupos porque los políticos responden a los incentivos electorales.
Y lo mismo ocurre con sindicatos, empresas, jubilados, agricultores, corporaciones, asociaciones profesionales, activistas, etc. No hace falta una conspiración secreta. Basta con incentivos.
También
seria ingenuo ignorar que hay intereses económicos dentro de las políticas de los
gobiernos occidentales
La inmigración masiva puede beneficiar a determinados sectores:
construcción;
agricultura;
restaurantes;
cuidado de ancianos;
logística;
grandes empleadores;
universidades;
alquileres;
determinados servicios.
Eso puede generar una alianza entre intereses empresariales que quieren más trabajadores y políticos que quieren más población, pero el ciudadano puede experimentar la realidad de más competencia por vivienda, servicios públicos saturados y salarios presionados en determinados sectores, y es aquí donde se alimenta aun mas la enorme burocracia de Occidente, otro de los pilares de su decadencia.
Un gobierno puede cambiar, pero la burocracia permanece.
Ministerios, agencias, organismos internacionales, universidades y organizaciones no gubernamentales desarrollan sus propias culturas institucionales y una vez creada una estructura para combatir determinado problema, esa estructura necesita justificar su existencia y por eso el Estado crecerá eternamente generando más corrupción y necesitando más financiamiento.
Cada nueva crisis produce una nueva regulación y cada regulación crea una nueva oficina y cada oficina necesita presupuesto y cada presupuesto crea intereses que defender.
El Estado se expande naturalmente sin que necesariamente exista una conspiración. Es una realidad.
Pero nuestras ideas importan. Dejan de importar cuando dejamos de defenderlas.
Hay políticos que realmente creen que el nacionalismo es peligroso y que las fronteras son moralmente sospechosas y que la redistribución económica es una forma superior de justicia. Hay políticos que consideran que las identidades nacionales deben ser reemplazadas progresivamente por una identidad cosmopolita.
Los moderados nos dicen que no necesariamente están conspirando.
Están intentando construir otra sociedad. No necesitamos asumir que todos ellos odian a su país. Algunos simplemente tienen una concepción diferente de lo que debería ser su país.
Pero no simplemente presentan sus ideas, manipulan, sobornan y amenazan para lograr sus objetivos y en algunos casos lo logran.
Son traidores, enemigos camuflados que están en congresos y senados e incluso son presidentes del país que odian profundamente.
Entiendo
que después de las guerras mundiales, el colonialismo, el fascismo y el
nazismo, una parte de Occidente desarrolló una profunda desconfianza hacia
conceptos como: nación, frontera, tradición, identidad y patriotismo. Pero en
determinados sectores sobre todo intelectuales, esos conceptos ya no tienen
validez y su mantra parece ser “No necesitamos una conspiración para
destruir una nación. Basta con una generación de dirigentes que deje de creer
que tiene el deber de conservarla.”
Una
nación puede ser debilitada por personas que creen sinceramente que están
haciéndola más justa y otros que alimenten esta creencia para beneficio propio.
Ese es precisamente el peligro.
Estas personas trabajan incansablemente en Occidente para eliminar los basamentos fundamentales de esta civilización:
DIOS — porque una sociedad necesita principios morales.
PATRIA — porque el gobierno tiene una responsabilidad hacia una comunidad nacional concreta.
FAMILIA — porque ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente si destruye la institución que transmite cultura y valores entre generaciones.
LIBERTAD — porque el Estado debe estar al servicio de esas personas, no convertirse en su dueño.
Lo que esta pasando en Occidente con la anuencia de la mayoría de sus ciudadanos es el desmonte de una civilización, de una cultura que empieza a sentir vergüenza de su propia historia y una sociedad que considera sospechoso o irrelevante hablar de identidad nacional con una clase política corrupta que teme exigir integración a los inmigrantes dentro de un Estado que aumenta su capacidad para regular el discurso y que divide a los ciudadanos por raza, sexo, religión o identidad.
Occidente ha olvidado que una sociedad necesita fundamentos.
Sin Dios, el hombre termina creyendo que él mismo es la medida absoluta de todas las cosas.
Sin patria, el ciudadano termina siendo simplemente un individuo administrado por una burocracia.
Sin familia, la sociedad pierde la institución que históricamente ha transmitido valores de una generación a otra.
Y cuando esas tres cosas desaparecen, queda el Estado.
Un Estado cada vez más grande y más poderoso y más presente.
No creo que Occidente vaya a desaparecer mañana. Pero sí creo que Occidente comete un error civilizacional al destruir las defensas culturales que permitieron que Occidente fuera libre, grande y poderoso.
Una nación puede sobrevivir a una crisis económica, puede sobrevivir a un gobierno malo, a una guerra. Incluso puede sobrevivir a una generación equivocada.
Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la pérdida de la voluntad de defender aquello que la convirtió en nación.
Por eso el problema no es simplemente inmigración, ni socialismo, ni solamente censura. No es solamente propiedad. No es solamente la guerra.
Sencillamente hemos dejado de preguntarnos qué merece ser conservado.
Y yo sí tengo una respuesta.
Quiero conservar mi familia, quiero conservar mi libertad, quiero conservar mi propiedad, mi idioma, mi cultura, mis fronteras.
Quiero conservar mi nación.
Y quiero que mis hijos y mis nietos reciban algo más que un territorio económicamente desarrollado. Quiero que reciban una civilización.
Una civilización que todavía tenga el valor de decir: esto somos.
En esto creemos y esto defendemos.
Y si alguien quiere venir a formar parte de ella, será bienvenido.
Pero no para destruirla.
Y en ese caso, todo nuestro poderío militar y humano se volverá contra ese enemigo y será destruido sin contemplaciones.
Eso es lo que quiero.
Tengo la impresión de que Occidente está perdiendo algo que durante siglos le permitió construir sociedades relativamente libres, prósperas y estables: la convicción de que una nación necesita una cultura, una historia, unas fronteras, una familia y unos valores compartidos para sobrevivir.
Es evidente que los políticos electos por las masas ignorantes y hedonistas de Occidente son proclives a destruir sus propias naciones y uno se pregunta constantemente por qué.
Creo que hay una respuesta conservadora bastante más profunda que decir simplemente “son malos” o “son traidores” y aunque en esencia lo son, en algunos casos puede haber decisiones claramente equivocadas o incluso ideológicamente motivadas, pero a veces da la impresión de que existe una conspiración coordinada contra las propias naciones como lo vemos en el reciente caso de España y la invasión desde Marruecos.
Lo que sí es incontestable que las élites políticas occidentales adoptan políticas que, desde una perspectiva nacional-conservadora, parecen actuar contra los intereses de su propio país.
Han dejado de pensar en términos de nación y una gran parte de las élites actuales piensa más en términos de instituciones internacionales, derechos universales, mercados globales y problemas transnacionales.
Esto produce una contradicción: una política puede parecer moralmente correcta desde una perspectiva global y, al mismo tiempo, ser perjudicial para los ciudadanos nacionales.
Pero el primer deber de un gobierno es hacia la nación que lo eligió y aquí no debe haber contradicción alguna.
La inmigración se convirtió en una cuestión moral para muchos gobiernos, pero la compasión no elimina la responsabilidad del gobierno hacia sus propios ciudadanos. Un Estado tiene derecho a decidir cuánta inmigración puede absorber, quién entra y bajo qué condiciones.
Y también da la casualidad que la mayoría de esos inmigrantes son de países musulmanes.
Crearon el multiculturalismo, el monstruo que devora a occidente y del que muy pocos políticos se atreven a hablar. El multiculturalismo creó una élite que teme hablar de identidad nacional, temen ser considerados racistas y xenófobos y hay gobiernos como el de Canadá que persigue a los que hablan de estos temas. Si durante treinta o cuarenta años se enseña que hablar de cultura nacional es sospechoso, eventualmente los políticos comienzan a tener miedo de defenderla. Una sociedad que exige que la mayoría renuncie a su identidad para demostrar tolerancia termina destruyendo la propia base cultural sobre la que construyó esa tolerancia.
Pero hay otro ángulo.
Los políticos necesitan votos. Si una comunidad inmigrante se concentra geográficamente y desarrolla una fuerte organización política, puede convertirse en un bloque electoral importante. Y eso no es una conspiración.
Es democracia.
Si. La democracia es el arma que han utilizado los enemigos de Occidente para destruirlo y lo están logrando, produciendo políticas que favorezcan a determinados grupos porque los políticos responden a los incentivos electorales.
Y lo mismo ocurre con sindicatos, empresas, jubilados, agricultores, corporaciones, asociaciones profesionales, activistas, etc. No hace falta una conspiración secreta. Basta con incentivos.
La inmigración masiva puede beneficiar a determinados sectores:
construcción;
agricultura;
restaurantes;
cuidado de ancianos;
logística;
grandes empleadores;
universidades;
alquileres;
determinados servicios.
Eso puede generar una alianza entre intereses empresariales que quieren más trabajadores y políticos que quieren más población, pero el ciudadano puede experimentar la realidad de más competencia por vivienda, servicios públicos saturados y salarios presionados en determinados sectores, y es aquí donde se alimenta aun mas la enorme burocracia de Occidente, otro de los pilares de su decadencia.
Un gobierno puede cambiar, pero la burocracia permanece.
Ministerios, agencias, organismos internacionales, universidades y organizaciones no gubernamentales desarrollan sus propias culturas institucionales y una vez creada una estructura para combatir determinado problema, esa estructura necesita justificar su existencia y por eso el Estado crecerá eternamente generando más corrupción y necesitando más financiamiento.
Cada nueva crisis produce una nueva regulación y cada regulación crea una nueva oficina y cada oficina necesita presupuesto y cada presupuesto crea intereses que defender.
El Estado se expande naturalmente sin que necesariamente exista una conspiración. Es una realidad.
Pero nuestras ideas importan. Dejan de importar cuando dejamos de defenderlas.
Hay políticos que realmente creen que el nacionalismo es peligroso y que las fronteras son moralmente sospechosas y que la redistribución económica es una forma superior de justicia. Hay políticos que consideran que las identidades nacionales deben ser reemplazadas progresivamente por una identidad cosmopolita.
Los moderados nos dicen que no necesariamente están conspirando.
Están intentando construir otra sociedad. No necesitamos asumir que todos ellos odian a su país. Algunos simplemente tienen una concepción diferente de lo que debería ser su país.
Pero no simplemente presentan sus ideas, manipulan, sobornan y amenazan para lograr sus objetivos y en algunos casos lo logran.
Son traidores, enemigos camuflados que están en congresos y senados e incluso son presidentes del país que odian profundamente.
Ese es precisamente el peligro.
Estas personas trabajan incansablemente en Occidente para eliminar los basamentos fundamentales de esta civilización:
DIOS — porque una sociedad necesita principios morales.
PATRIA — porque el gobierno tiene una responsabilidad hacia una comunidad nacional concreta.
FAMILIA — porque ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente si destruye la institución que transmite cultura y valores entre generaciones.
LIBERTAD — porque el Estado debe estar al servicio de esas personas, no convertirse en su dueño.
Lo que esta pasando en Occidente con la anuencia de la mayoría de sus ciudadanos es el desmonte de una civilización, de una cultura que empieza a sentir vergüenza de su propia historia y una sociedad que considera sospechoso o irrelevante hablar de identidad nacional con una clase política corrupta que teme exigir integración a los inmigrantes dentro de un Estado que aumenta su capacidad para regular el discurso y que divide a los ciudadanos por raza, sexo, religión o identidad.
Occidente ha olvidado que una sociedad necesita fundamentos.
Sin Dios, el hombre termina creyendo que él mismo es la medida absoluta de todas las cosas.
Sin patria, el ciudadano termina siendo simplemente un individuo administrado por una burocracia.
Sin familia, la sociedad pierde la institución que históricamente ha transmitido valores de una generación a otra.
Y cuando esas tres cosas desaparecen, queda el Estado.
Un Estado cada vez más grande y más poderoso y más presente.
No creo que Occidente vaya a desaparecer mañana. Pero sí creo que Occidente comete un error civilizacional al destruir las defensas culturales que permitieron que Occidente fuera libre, grande y poderoso.
Una nación puede sobrevivir a una crisis económica, puede sobrevivir a un gobierno malo, a una guerra. Incluso puede sobrevivir a una generación equivocada.
Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la pérdida de la voluntad de defender aquello que la convirtió en nación.
Por eso el problema no es simplemente inmigración, ni socialismo, ni solamente censura. No es solamente propiedad. No es solamente la guerra.
Sencillamente hemos dejado de preguntarnos qué merece ser conservado.
Y yo sí tengo una respuesta.
Quiero conservar mi familia, quiero conservar mi libertad, quiero conservar mi propiedad, mi idioma, mi cultura, mis fronteras.
Quiero conservar mi nación.
Y quiero que mis hijos y mis nietos reciban algo más que un territorio económicamente desarrollado. Quiero que reciban una civilización.
Una civilización que todavía tenga el valor de decir: esto somos.
En esto creemos y esto defendemos.
Y si alguien quiere venir a formar parte de ella, será bienvenido.
Pero no para destruirla.
Y en ese caso, todo nuestro poderío militar y humano se volverá contra ese enemigo y será destruido sin contemplaciones.
Eso es lo que quiero.

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