EL DECLIVE DE OCCIDENTE Y LA FALACIA DE LA DEMOCRACIA
Hay
una ciudad en el sur de Ontario que se llamó Berlín durante más de cien años.
La fundaron menonitas llegados de Pensilvania a finales del siglo XVIII, gente
que huía de la leva militar y buscaba, sobre todo, que la dejaran en paz. Llegaron
otros inmigrantes del este de Europa y se asentaron allí. Construyeron
graneros, iglesias sobrias, una economía artesanal sólida y silenciosa. Le pusieron el nombre de la capital que muchos
de sus antepasados alemanes habían dejado atrás generaciones antes: Berlín.
Berlín,
Ontario, fue durante más de un siglo una de las ciudades más prósperas y
ordenadas de Canadá. Tenía cervecerías, clubes de tiro alemanes, periódicos en
alemán, un busto del Kaiser en el parque central. Nadie parecía sentir que esto
fuera una contradicción con ser canadiense. Era, simplemente, lo que la ciudad
era.
Y
entonces llegó 1916.
Con
la Primera Guerra Mundial en su peor momento y el sentimiento anti germano
incendiando el imperio británico, alguien — no exactamente los habitantes de
Berlín, sino la atmósfera política de una guerra que se libraba a seis mil
kilómetros de distancia — decidió que una ciudad canadiense no podía seguir
llamándose como la capital enemiga.
Hubo,
técnicamente, un referéndum. Participó una fracción mínima del electorado, bajo
un clima de intimidación pública contra quien se opusiera (el busto del Kaiser
ya había sido arrojado a un lago por una turba antes de que se contaran los
votos) y la ciudad emergió del proceso con un nuevo nombre: Kitchener,
en honor a un lord británico que ni siquiera conocía el lugar.
Nadie
en Berlín pidió esto. Fue una decisión tomada en otro lugar, por otras razones,
y validada después con la ceremonia legal necesaria para que pareciera una
elección.
Un
siglo más tarde, Kitchener ha vuelto a transformarse.
No
por decreto esta vez, sino por la acumulación silenciosa de una política
migratoria diseñada en Ottawa: entre 2001 y 2021, la proporción de residentes
de origen sudasiático en la ciudad pasó de poco más del dos por ciento a casi
el diez, y sigue creciendo.
Los
templos indios y las mezquitas ya forman parte del paisaje urbano tanto como
las iglesias luteranas que quedan. El cambio es real, es rápido, y es visible
en cualquier caminata por la ciudad.
Y otra vez, nadie en Kitchener fue consultado sobre el ritmo ni la escala de esa
transformación. Se decidió en otro lugar, por razones que tienen que ver con
tasas de natalidad, sistemas de pensiones y proyecciones económicas a cuarenta
años no con lo que significa, para quien ya vive ahí, ver cómo cambia la
fisonomía de su calle.
Berlín-Kitchener
no es una anécdota curiosa de la historia canadiense. Es un modelo a escala de
algo mucho más grande: la forma en que las sociedades occidentales han dejado
de ser dueñas de su propia transformación.
Y
es uno de los ejemplos de un fenómeno que presenciamos día a día y en algunos
casos sin darnos cuenta.
La
civilización Occidental muere.
Y
muere porque las premisas básicas de su existencia han sido erosionadas
sistemáticamente por los mismos que dicen protegerlas y una de ellas, la más
importante, la que declara que la libertad - en su más amplio concepto- no es
un privilegio otorgado por el poder, sino una verdad inscrita en la naturaleza
del hombre, ha sido pisoteada, también sistemáticamente por los que detentan el
poder y también por los ciudadanos.
¿Qué
se puede esperar de una civilización que presenta una alianza entre los
forajidos en el poder y sus electores para destruir sus propias Naciones?
La
crisis (para decirlo de una manera simbólica) no es meramente política.
No
es solo económica, cultural, constitucional o partidista. Esos son los
síntomas.
La
crisis es civilizacional e irreversible y el caso de esta ciudad canadiense,
junto con los otros muchos ejemplos que vemos en el mundo occidental hace que
nos hagamos esta pregunta medular:
¿Son
las sociedades occidentales, hoy, sociedades sanas y funcionales?
La
respuesta honesta, para quien mira sin la anestesia del optimismo obligatorio,
es que no.
No
en el sentido en que lo eran — o creíamos que lo eran — hace dos o tres
generaciones.
Hay
indicadores que lo sostienen sin necesidad de exagerar nada: la confianza en
las instituciones democráticas se encuentra en mínimos históricos en casi todo
Occidente; la salud mental de los jóvenes se ha deteriorado de forma medible en
la última década y media; la natalidad se desploma por debajo del reemplazo
generacional en prácticamente todos los países ricos; la soledad se ha vuelto
un problema de salud pública oficialmente reconocido.
La
pregunta que sigue es más difícil: ¿cuándo dejamos de serlo?
No
hay una fecha. Quien busca un año exacto
— 1968, 1971, 2001, 2016 — comete un error.
Pero
si hay algo que es irrefutable: las
decisiones que reconfiguran el carácter de una comunidad — quién la habita, qué
guerras libra en su nombre, qué verdad se le cuenta sobre sí misma — se toman
cada vez más lejos de quienes tendrán que vivir con las consecuencias, y se
legitiman después de los hechos, no antes. Y lo más importante: sin
consecuencias para los que las implementan.
En
1995, el historiador Christopher Lasch publicó The Revolt of the Elites,
un libro que envejeció mal en el sentido correcto: cada año que pasa lo hace
parecer más profético. Su argumento central era incómodo incluso para quienes
lo citan hoy con aprobación: no es el pueblo el que se ha vuelto provinciano o
cerrado — es la elite profesional-gerencial la que se ha desconectado,
construyendo una vida entera de aeropuertos, universidades selectivas y
círculos sociales que rara vez tocan el mundo de quienes no pertenecen a ese
circuito.
Michael
Sandel llevó el argumento un paso más allá en The Tyranny of Merit: la
meritocracia moderna no solo produjo una elite exitosa, produjo una elite que
cree merecer su posición, y que por lo tanto puede despreciar a quienes se
quedaron atrás.
No
hace falta que la elite sea cínica o malintencionada. Basta con que esté
genuinamente convencida de que sus decisiones son las correctas, tomadas por
gente más preparada, para que deje de sentir la necesidad de preguntar.
El
dato que acompaña esto no es sutil: las encuestas de confianza institucional —
parlamentos, partidos políticos, gobiernos — muestran una caída sostenida en
casi toda democracia occidental desde los años setenta y ochenta. Pero no es un estado de ánimo pasajero, es una
tendencia de medio siglo y que continúa manifestándose una y otra vez.
Y
si la elite política se desconectó, la prensa dejó de ser el instrumento que se
lo hiciera notar.
El
modelo de propaganda que plantearon Edward Herman y Noam Chomsky en Manufacturing
Consent no describe una conspiración con reuniones secretas, describe algo
más simple y más difícil de combatir: una estructura de propiedad,
financiamiento publicitario y dependencia de fuentes oficiales que produce, sin
necesidad de censura directa, una cobertura complaciente y a veces
extremadamente cómplice. Ya no hay periodistas como afirmo frecuentemente: se
han convertido en asalariados y en activistas cuya única función no es
cuestionar al poder, sino alinearse a sus propuestas y maquillar intenciones y
alcances. Alguien decide qué es noticia y qué no lo es, qué pregunta es
legítima y cuál es "desinformación", y esa decisión también se toma
lejos de quien la recibe — y se le presenta después como objetividad
periodística.
Occidente
en estos momentos se encuentra envuelto en varios conflictos cuya seriedad y
consecuencias aún están por verse y uno de los elementos que nos han traído a
este lugar se llama el Complejo Militar Industrial.
Fue
un general, no un pacifista, quien advirtió sobre esto con más claridad que
nadie: Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida de 1961, acuñó la
expresión "complejo militar-industrial" para describir una fuerza que
él mismo había ayudado a construir y que ya intuía fuera de control.
El
historiador y también militar retirado Andrew Bacevich ha dedicado buena
parte de su obra a documentar cómo ese complejo genera su propio incentivo para
sostener conflictos — no por maldad, sino porque una industria de ese tamaño
necesita, estructuralmente, que la
guerra siga siendo una opción viable y frecuente.
Las
guerras posteriores al 11 de septiembre no se decidieron en un referéndum. Se
decidieron en salas donde el ciudadano común nunca entra, y se le explicaron
después en el lenguaje de la necesidad y la seguridad nacional, de la misma
manera que las guerras actuales son explicadas usando los mismos argumentos la
mayoría de las veces falsos y en el mejor de los casos, manipulados. Y se toman
decisiones, otra vez, tomadas por la misma clase dirigente, sin que ni quien
sufre la guerra allá ni quien recibe las consecuencias acá haya sido consultado.
Se
podría argumentar que es esta la naturaleza del poder, tomar decisiones
unilaterales sin importar las consecuencias. Pero entonces la democracia
carecería de sentido y de propósito. Si el poder puede tomar decisiones
diametralmente opuestas a las promesas de campaña y acápites de plataformas,
entonces el mismísimo concepto de democracia se desploma y es precisamente este
panorama lo que caracteriza a Occidente en estos momentos.
Occidente
ha decidido suicidarse a sí mismo como civilización a través de la inmigración
masiva y la sustitución demográfica. Las otrora brillantes capitales mundiales
de Europa y Norteamérica se han convertido en pocilgas similares a cualquier
hueco asqueroso y peligroso del Tercer Mundo. Esta conversión no ha sido
impuesta, ha sido voluntaria y forma parte de la empatía suicida que tan
bien describe el profesor Gad Saad
Aquí
conviene ser preciso, porque la precisión es lo que distingue un argumento de
un desahogo.
Hay
tres cosas que el debate público mezcla constantemente y que conviene separar:
el volumen de gente que entra, la legalidad y el proceso mediante el cual
entra, y el grado de integración cultural que logra.
La
crítica más seria a la inmigración masiva en Occidente — la de Douglas Murray
en The Strange Death of Europe, por ejemplo — no apunta tanto al hecho
migratorio en sí como al segundo punto: la ausencia de un debate explícito
sobre la escala y el ritmo del cambio.
No
es "la inmigración es mala" es "las decisiones que
reconfiguran demográfica y culturalmente una sociedad se tomaron sin el
consentimiento de quienes la habitan".
Conviene
separar dos cosas que el lenguaje del "declive civilizacional"
suele fusionar sin darse cuenta: el declive funcional — medible en
empleo, criminalidad, salud pública, PIB — y el declive narrativo o
identitario, que no aparece en ningún indicador, pero es visible y palpable
a través de la vida cotidiana.
Una
de las actividades predilectas del Poder en Occidente es sembrar en nosotros
subliminalmente, las ideas de que la decadencia es inevitable y que la corrupción es ineludible para desviar
la atención de la corrupción política, las guerras y la sustitución demográfica.
Que hay razones para que eso suceda y que están trabajando activamente para
evitar que suceda.
Y
ese es el peligro ahora. Un país puede sobrevivir a que le mientan, pero no
puede sobrevivir a acostumbrarse a las mentiras, pero paralelamente en los círculos
mas avisados de la población, genera mucha desconfianza.
Esta
desconfianza no es gratuita. El gobierno clasifica demasiada información.
Oculta demasiada información. Habla con eufemismos con demasiada frecuencia. Ha
creado poderes de vigilancia tan amplios que coartan la libertad de un pueblo.
El dinero ha distorsionado el debate público mediante el cabildeo, el gasto
corporativo en campañas electorales, el financiamiento opaco y la captura
regulatoria.
El
Estado también ha aprendido el arte más sutil de la censura indirecta: presión
sobre las plataformas tecnológicas: la desinformación (también conocida como
proyectos de censura), se abroga el derecho que decidir qué es y que no es y lo
que está en el medio lo califica de discurso de odio con la ayuda de sus
amanuenses de la prensa y elabora sistemas punitivos para los ciudadanos que
incurran en tales nuevos delitos. Ha encontrado
la manera de silenciar a la población incluso violando una de las más
definitivas leyes de la democracia que es la libertad de expresión.
Los
ciudadanos están indefensos, nadie los protege y sobre todo razonan a partir de
su identidad, tribu, estado de ánimo y circunstancias recientes y por eso caen
una y otra vez en las trampas y las promesas y eligen una y otra vez a las
personas incorrectas.
Pero
el objetivo no es lograr que cada ciudadano sea perfectamente racional, eso es
imposible, como dije antes, porque hay demasiadas variables en esta ecuación.
Pero
si podemos aspirar a un sistema político decente, limpio y transparente porque
después de todo los integrantes del cualquier sistema político son SERVIDORES
PUBLICOS y creo que la semántica de la frase está bien definida.
Los
registros pueden hacerse públicos. Los conflictos pueden revelarse. Las
declaraciones oficiales pueden auditarse. Los secretos pueden caducar. El
dinero puede rastrearse. La libertad de expresión puede protegerse de la
coerción estatal.
Nada
de eso sucede en Occidente en estos momentos. La política en todas estas
naciones se caracteriza por secretismo, estado de emergencia, vigilancia,
propaganda, censura, obediencia, deshumanización, extralimitación del poder
ejecutivo e insensibilidad moral.
Todo
esto se suma a lo expuesto anteriormente como el hedonismo extremo, la salud
mental de los jóvenes, la degradación de las costumbres y tradiciones, la baja
tasa de natalidad, el consumo legal de drogas, la ineficiencia en la educación,
la ideología WOKE y la agenda LGTB. Es
un coctel degradante y explosivo, que las sociedades de Canadá y Europa han
tomado como suyo.
La famosa democracia se ha degradado y practicamente no existe.
¿Hay
esperanza? No la hay.
Y
digo esto porque para que haya esperanza tienen que pasar ciertas cosas que es
imposible que sucedan en el estado actual del mundo más cerca que nunca a una
tercera guerra mundial.
Para
que el mundo se reconstruya de manera similar o mejor de lo que estaba en el
periodo posterior a la Segunda Guerra (1945-1960) se necesita lo siguiente:
• Eliminación
del papel omnipresente del CMI (complejo militar industrial) como principal y basica fuente industrial de los paises y que en estos
momentos es un ecosistema enorme imposible de minimizar o eliminar:
contratistas, bases, burocracias, empleos, doctrinas, temores y hábitos que se
reproducen.
• Distinción
entre defensa nacional e imperio y hegemonía mundial
• Gobierno
a la luz del día. Transparencia total del gobierno hacia sus electores y
consecuencias para los infractores cualquiera sea el cargo que ocupen
• No
a la censura estatal por delegación. Los funcionarios gubernamentales no deben
presionar a las plataformas tecnológicas, editores, bancos, procesadores de
pagos, anunciantes ni reguladores para que repriman la libertad de expresión
lícita que el Estado no podría reprimir directamente.
• Eliminación
de la corrupción en el estamento político. Las corporaciones, los grupos de
presión extranjeros, las redes de financiación opaca y las organizaciones
fantasma deben quedar totalmente excluidos de las iniciativas electorales y de
las elecciones de candidatos. El gasto corporativo en las elecciones debe estar
prohibido. Todas las entidades que realizan gastos políticos deben revelar la
identidad de sus verdaderos donantes.
• Penalización
de la mentira oficial. Un funcionario federal que miente a sabiendas a los
ciudadanos en el ejercicio de sus funciones no debería gozar de impunidad.
• Cargos
públicos sin operaciones privadas. Los miembros de los parlamentos los altos
funcionarios ejecutivos, los funcionarios de bancos centrales, sus cónyuges e
hijos dependientes no deben negociar valores individuales mientras estén en el
cargo.
• Elecciones
que reflejen la voluntad popular. El día de las elecciones debería ser feriado
nacional, no al voto remoto, y estrictos controles de identidad de los
votantes.
• Restructuración
completa del sistema judicial incluyendo jueces y personal adscrito. Penas
severas a los jueces que favorezcan al victimario y no a la víctima.
• Detener
la inmigración masiva y deportación de elementos indeseables a la sociedad de
cada país. Severas leyes migratorias y de conducta. Cada inmigrante que cometa
un delito la pena mínima debe ser deportación inmediata con toda su familia.
• El
gobierno debe centrarse en los esencial para el país. Nada más. Ninguna otra
cosa.
·
Fortalecer
la educación desde edades tempranas. ( Muy importante)
La
educación debe consolidarse en torno a un propósito: formar ciudadanos libres,
capaces y veraces. Los maestros deben ser remunerados como constructores de la
nación, cada estudiante debe aprender las artes cívicas de la libertad:
historia, estructura constitucional, retórica, lógica, pensamiento crítico,
razonamiento científico, alfabetización mediática, educación financiera y sobre
todo enseñanza STEM.
STEM
(Ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas en inglés) es un enfoque
que integra estas cuatro áreas para que los estudiantes aprendan a resolver
problemas reales mediante el pensamiento crítico, la experimentación y el
diseño. En lugar de estudiar cada materia por separado, se trabajan de forma
conjunta mediante proyectos prácticos, como construir un robot, programar una
aplicación o diseñar un puente. Este concepto de enseñanza ha desaparecido, al
menos en Norteamérica, de las escuelas intermedias. Los jóvenes deben aprender
la diferencia entre evidencia y afirmación, cómo las estadísticas pueden
engañar, cómo los algoritmos influyen en la atención y cómo la propaganda
complace a la tribu.
Pero
digo que no hay esperanza porque no hay un solo gobierno en Occidente que
contemple alguno de estos puntos.
Nada
de esto es posible actualmente. Los gobiernos están enfrascados en la
destrucción primero de sus naciones y después de los que ellos consideran
enemigos.
Lo
que acabo de escribir es solo una rudimentaria versión de lo que los pensadores
más brillantes de nuestros tiempos se han cansado de advertir.
A
los gobiernos no le interesa crear prosperidad entre los ciudadanos, no les
interesa crear condiciones para una vida dignas de los ciudadanos de acuerdo a
sus capacidades y esfuerzos.
No
le importa si las familias tendrían un camino realista hacia un hogar, ahorros,
hijos, educación, emprendimiento, ocio y dignidad.
No
les interesa crear inventores, constructores, agricultores, ingenieros,
artistas, maestros, enfermeros, científicos, artesanos, no les interesa una
justicia más firme con los verdaderos delincuentes, implacable con los
criminales.
No
le interesa mostrar respeto por los ciudadanos, solo le interesa el poder y
dentro de él, dar curso a sus agendas personales o partidistas que nada tienen
que ver con los intereses de los ciudadanos.
No
les importa la reconstrucción de la sociedad, el saneamiento de las mentes de
sus integrantes, no les importa que los niños aprendan a leer con profundidad,
a pensar con claridad, a hablar con honestidad, a calcular con competencia, a
comprender la historia, a contrastar pruebas, a apreciar la belleza y a
gobernarse a sí mismos.
No
les interesa honrar a los maestros como constructores de la civilización, le
interesa llenar las escuelas con persones afines a sus agendas y una de ellas
es la LGTB que tanto daño está haciendo en la salud mental de los jóvenes. No desean que las universidades dejen de ser
máquinas de endeudamiento y fábricas ideológicas para convertirse en estudios
de descubrimiento, debate, invención y sabiduría. El progreso científico se
aceleraría porque la curiosidad, el rigor y el propósito público volverían a
ser considerados tesoros nacionales.
Nada
de eso es una prioridad para el poder, no es interesante para el poder porque
la masa interna de ese poder se constituye de arribistas, narcisistas,
oportunistas y hombres y mujeres cuya ambición se ha desvinculado de la
conciencia. Personas que buscan el cargo como un camino hacia la riqueza, la
fama, la dominación o la guerra permanente para llenar las fauces siempre
abiertas del Complejo Militar Industrial que tantos puestos de trabajo ofrece y
que, a través de su paquidérmica burocracia, es proclive a la corrupción y malversación
de los dineros públicos.
Occidente
carece de un liderazgo ético, no tiene lideres consecuentes con el concepto de Nación,
ni pueden enfrentar los desafíos actuales con inteligencia y moderación. Carecen de apego a la verdad, violan sus
propias leyes, aman el dinero corrupto, complacen al CMI con costosas guerras
que se pueden evitar y son una clase política sin rasgo alguno de virtud
ciudadana.
Por
eso digo que el declive además de visible es inexorable, y la única manera de
evitarlo ya no está en nuestras manos.
Berlín,
llamada Kitchener en 1916 sin la anuencia de sus habitantes , se reproduce en
cada país de occidente: hay sustitución demográfica muy visible, superpoblación,
alto costo de la vida, inflación galopante en medios de consumo esenciales para el ser humano, intromisión del gobierno
en cada aspecto de la vida, salud publica deficiente, descenso en la calidad de
vida, altos niveles de stress, crimen galopante, proliferación de drogas entre
la juventud, bajos índices de natalidad, desempleo…. La lista seria poco menos
que interminable.
Y si esto es Occidente. Se puede tener esperanza alguna?
Dese Usted la respuesta.

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