DETRAS DE LA FACHADA


Soy canadiense cubano y vivo en Canadá.
Y lo que está ocurriendo o lo que ocurrió el pasado viernes en las discusiones acerca de la situación económica entre USA y Canadá es altamente preocupante, como debiera serlo para todos.
Creo que al final puede haber un compromiso porque hay muchas cosas en juego sobre todo para Canadá, pero el daño a las relaciones entre los dos países pienso que es irreversible.
La retórica de campaña de Mark Carney de elbows up en contra de Donald Trump fue una táctica política a tenor de la estupidez del estado 51.   
Hubiera sido difícil de creer que el presidente de los Estados Unidos pudiera proferir semejante y atroz disparate.
Aun no puedo creer que lo hiciera y que tanta gente aquí en Canadá se agrupara alrededor de esa bandera que también fue otro disparate aprovechado por Carney y su partido heredado de Justin Trudeau.
Quién sabe si la incontinencia verbal de Donald Trump, fue otra de las estrategias de las elites malsanas que nos gobiernan para crear precisamente esta situación.  La hostilidad natural e infundada de los canadienses hacia USA que Carney utilizo muy bien (dicho sea de paso) en la chorrada del estado 51, puede que haya sido visto como un activo electoral, pero no será tal  a largo plazo como veremos a continuacion.
Las negociaciones entre EE.UU. y Canadá para cerrar un nuevo acuerdo comercial colapsaron la noche del viernes 21 de agosto, minutos antes de que venciera un plazo impuesto por Trump.
Como resultado, entraron en vigor aranceles del 50% sobre unos 20 mil millones de dólares en productos canadienses. Carney respondió que Canadá igualará esos aranceles "dólar por dólar", y suspendió las negociaciones, ordenando a los negociadores canadienses regresar a Ottawa.
Cada lado culpa al otro: el representante comercial de EE.UU, Jamieson Greer, dijo que Canadá "se negó a finalizar el acuerdo comercial bajo los términos acordados esta semana" y que Canadá introdujo nuevas exigencias de último momento.
Carney, por su parte, dijo que los cambios de último minuto en los términos estadounidenses eran "injustos, poco económicos, y ponían en duda la fiabilidad de cualquier acuerdo".
 El 1 de febrero de 2025, Trump firmó órdenes imponiendo aranceles casi universales sobre bienes canadienses y mexicanos, inicialmente 25% sobre la mayoría de importaciones canadienses.
Canadá respondió con contra-aranceles.
Desde entonces ha habido ciclos de escalada, pausas, acuerdos parciales y nuevas rupturas — este último episodio de agosto de 2026 es solo el capítulo más reciente.
Pero también existe el matiz político en este kabuki.
Mark Carney llegó al poder en gran parte gracias a esta confrontación. Se convirtió en primer ministro en marzo de 2025 tras la salida de Trudeau, y las elecciones canadienses de abril de 2025 estuvieron dominadas por la guerra comercial de Trump, con Carney convirtiendo la amenaza de Trump en el eje central de su campaña.
Su discurso de victoria como líder liberal ya tenía ese tono combativo: calificó a EE.UU. de "un país en el que ya no podemos confiar" y dijo "no pedimos esta pelea, pero los canadienses siempre están listos... en el comercio, como en el hockey, Canadá va a ganar".
El nacionalismo "elbows up" se volvió su marca política.
Postularse como el líder que "se para firme" ante Trump le dio legitimidad electoral en un momento de fuerte sentimiento anti-Trump en Canadá.
Para entender la situación económica entre Canadá y EE. UU., el reciente rechazo canadiense a un acuerdo y la pregunta de si una de las dos naciones ha "abusado" de la otra, es útil verlo no como una historia de víctimas y villanos, sino como la evolución de una relación profundamente asimétrica que ha llegado a un punto de inflexión.
La raíz del conflicto actual no es un abuso reciente, sino una dependencia estructural de décadas que EE. UU. ahora está usando como herramienta de presión.La situación actual es el resultado de un proceso de integración económica que comenzó hace casi 40 años. La dependencia económica de Canadá hacia EE. UU. no es un accidente, sino una consecuencia directa de decisiones políticas deliberadas, algunas muy antiguas.
En 1988, Canadá y EE. UU. firmaron el Acuerdo de Libre Comercio (CUSFTA), un paso que fue enormemente divisivo en Canadá. Muchos canadienses temían que pondría en riesgo su soberanía, viéndolo como una sumisión económica a su poderoso vecino. Sin embargo, el acuerdo se amplió para incluir a México, creando el TLCAN y, más tarde, el T-MEC, y consolidó una integración económica sin precedentes.
El resultado: una dependencia masiva. Esta integración convirtió a la economía canadiense en una extensión de la estadounidense.  Casi el 72% de las exportaciones de bienes de Canadá se destinan a EE. UU.  A diario, cruzan la frontera bienes y servicios por un valor de casi $3.6 mil millones de dólares.
Sectores como el automotriz son un claro ejemplo de integración, con piezas que cruzan la frontera varias veces durante su fabricación y para inversores extranjeros, el principal atractivo de Canadá es precisamente el acceso preferencial que ofrece al mercado estadounidense a través del T-MEC.
El gobierno estadounidense ha presionado para que el 50% de la producción de automóviles se realice en su territorio, algo que Canadá considera una línea roja que rompe el espíritu de integración regional.
Estados Unidos ha señalado durante décadas prácticas canadienses que considera injustas, como el régimen de gestión de la oferta en el sector lácteo, que limita el acceso de los productos estadounidenses al mercado canadiense, y los aranceles a la madera blanda canadiense.
Para Canadá, la mayor queja es la asimetría de poder.
Desde los inicios del libre comercio, los canadienses han temido que su economía y soberanía queden a merced de su gigantesco vecino.
Una encuesta de 2003 ya mostraba que el 67% de los canadienses creía que EE. UU. siempre terminaría imponiéndose en las disputas comerciales por su tamaño y poder. Los canadienses siempre han mirado a los USA como un vecino prepotente y al que hay que odiar, pero no vacilan en vacacionar y cruzar la frontera para comprar bienes muchos más baratos que en Canadá.
Esta crisis comercial no es el resultado de que una de las partes haya "abusado" de la otra durante décadas.
Es la culminación de una relación de dependencia estructural que USA, en su nueva postura proteccionista está dispuesto a explotar. Canadá se ha beneficiado de esta relación, pero ahora se enfrenta a un socio que exige cambios unilaterales que percibe como una amenaza a su soberanía y su modelo económico.
Carney desde el día uno se ha dedicado a explorar nuevos mercados para Canadá.
La independencia económica está en su mente antes de ser Primer Ministro y  la búsqueda de nuevos socios comerciales desde el inicio de su mandato  no es una respuesta directa a lo que Ottawa considera un cambio fundamental en la actitud de EE.UU, es simplemente el concepto personal del banquero sobre los destinos de Canadá, no es una reacción a las amenazas  como lo muestra la prensa canadiense financiada por el gobierno, no  es una reacción a la retórica y las acciones de la administración Trump,  Carney y sus acólitos lo presenta  como  algo que trasciende lo comercial y toca el núcleo de la  identidad como nación soberana.
Pero no es así.
Es un punto político, Canadá como nación no es relevante, lo relevante es la posición beligerante ante Estados Unidos y más íntimamente la posición antagónica a Donald Trump, haciendo realidad los sueños húmedos de muchos canadienses: USA es el enemigo y a esto llama Carney AUTONOMIA ESTRATEGICA
Pero la dependencia es abrumadora.
Cerca del 75% de las exportaciones canadienses van a EE. UU, lo que equivale a unos 2,700 millones de dólares en bienes cruzando la frontera diariamente. En 2025, las exportaciones a EE.UU. cayeron un 3.7%, pero al mismo tiempo, las exportaciones al resto del mundo crecieron un 11.1%, alcanzando su mayor proporción en más de cuatro décadas (32.8%).
Datos de marzo de 2026 muestran un aumento del 24.8% en las exportaciones a países distintos de EE.UU., mientras que las ventas al sur caían un 6.6%.
El gobierno se ha fijado el objetivo explícito de duplicar para 2035 las exportaciones hacia mercados distintos de EE.UU., lo que generaría unos 300,000 millones de dólares canadienses adicionales. Aunque la meta es económica, el motor es puramente político.
La Unión Europea destaca como uno de los grandes beneficiados, con un crecimiento del 16.4% en las exportaciones canadienses en 2025. Al mismo tiempo, Carney ha realizado una gira de 9 días por Asia, buscando activamente acuerdos con gigantes como China, India y Japón. El Reino Unido ha superado a China como segundo destino de las exportaciones canadienses, aunque en parte por un aumento temporal en las exportaciones de oro.
Sin embargo, los economistas advierten que este crecimiento no compensa la pérdida en el comercio estadounidense.
En mayo de 2025, la caída en las exportaciones a EE.UU. fue de 7.700 millones de dólares canadienses, mientras que el aumento a otros mercados fue de 5.700 millones, dejando un saldo negativo de 2.000 millones.
Podríamos preguntarnos:
¿Porque este cambio tan abrupto y tan desfavorable para Canadá?
Y la respuesta reside en Donald Trump.
Las relaciones económicas entre USA y Canadá durante décadas  fue un ejemplo de estabilidad. La integración económica no era un accidente, sino el resultado de un camino deliberado y en gran medida armonioso.
Aunque el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994 es el hito más conocido, la base se construyó antes.
El Acuerdo Automotriz de 1965 ya había eliminado aranceles en ese sector, integrando profundamente la industria. Esto generó una "integración silenciosa" con cadenas de suministro que cruzan la frontera.
Compartir la frontera más larga del mundo y tener acuerdos de defensa y seguridad (como el NORAD) creó una interdependencia multidimensional, no solo comercial. Existía un entorno institucional que propiciaba el intercambio. Canadá ofrecía recursos naturales, energía y estabilidad; EE. UU. ofrecía su mercado masivo y su capital.
Y es cierto que la llegada de una administración con una retórica y políticas proteccionistas y confrontacionales es la variable clave que ha roto el statu quo y este cambio es tan drástico que ha sido descrito como una "extraordinaria ruptura con la relación tradicionalmente cooperativa”.
La imposición de aranceles a productos canadienses (como los del 50% anunciados recientemente o los que se han ido acumulando desde febrero de 2025) no se ha basado únicamente en disputas comerciales técnicas.
Han sido parte de una estrategia más amplia para forzar concesiones y se han utilizado aranceles incluso por temas no comerciales, como la queja por el humo de incendios forestales canadienses que afectaba la calidad del aire en EE. UU.
La búsqueda de nuevos socios comerciales en Europa y Asia pudiera no ser un capricho, sino una respuesta defensiva a este nuevo panorama.
Aunque Canadá siempre ha intentado diversificarse con resultados modestos, pero ahora es una cuestión de supervivencia estratégica.
Sin embargo, se enfrenta a un límite estructural: la dependencia es tan profunda que la diversificación es un complemento, no un sustituto, y ni siquiera esta diversificación incipiente  ha compensado la caída de las exportaciones a EE. UU.
Históricamente, los aranceles canadienses sobre productos como lácteos, madera y autos eran herramientas de política comercial negociadas dentro de un marco común y aceptadas por ambas partes. 
Ambos países tenían sus propios aranceles y barreras para proteger sectores sensibles (como el sistema de "gestión de la oferta" para lácteos en Canadá) o para compensar prácticas que consideraban desleales (como las disputas por la madera blanda). Esto ocurría dentro de un marco de entendimiento mutuo, con mecanismos de solución de controversias.
No hemos leído las propuestas de ambos países. Por lo general estas cosas nunca salen a la luz y nos dicen lo que conviene a cada parte, pero algo se ha filtrado.
El arancel del 50% a unos $20 mil millones en productos canadienses se produce con la justificación oficial americana de que Canadá ha tenido prácticas "discriminatorias" con el vino, los autos y los lácteos americanos pero desde la perspectiva canadiense, no se trata solo de dinero, sino de soberanía y de la naturaleza misma de la relación cuando USA quiere que Canadá se alinee a su política exterior.
La decisión de Canadá de retirarse de la mesa fue una respuesta a lo que perciben como un cambio fundamental en las reglas del juego, que pone en riesgo su autonomía.
Sí, esta postura es económicamente nociva para Canadá, pero para el gobierno de Carney, el costo de ceder ante lo que consideran un abuso de poder sería aún mayor a largo plazo. La decisión de Canadá es, sin duda, nociva para su economía a corto plazo.
Depender de EE.UU. en un 70% hace que cualquier arancel sea un golpe durísimo. Sin embargo, el gobierno de Carney está haciendo una apuesta política: prefiere asumir el dolor económico ahora a cambio de preservar su capacidad de tomar decisiones como nación soberana en el futuro, y está buscando diversificar sus socios comerciales para reducir esa dependencia a largo plazo.
Pero la geografía es implacable: Un camión que cruza la frontera en horas no es lo mismo que un barco que tarda semanas en llegar a Europa o Asia.
Los costos de transporte, la logística y los tiempos de entrega hacen que EE.UU. sea un socio insustituible para la mayoría de los productos canadienses, especialmente los perecederos o de alto volumen.
El 70% de las exportaciones canadienses van a EE.UU. Diversificar no es un botón que se pulsa; tomaría décadas y costaría miles de millones en nueva infraestructura portuaria, oleoductos y cadenas de suministro.
China no es la solución mágica aunque sea un mercado enorme, también tiene sus propios aranceles, barreras no arancelarias y tensiones geopolíticas. Además, la distancia y las disputas políticas (como las recientes sobre el humus de garbanzo o el cannabis) hacen que sea un sustituto poco fiable para el mercado estadounidense.
Si la lógica económica es tan clara, ¿por qué Carney se arriesga?
Porque está haciendo una apuesta política de alto riesgo, no una apuesta económica.
Para él, hay cosas peores que una guerra comercial:
Para Carney, ceder ahora no es solo perder un acuerdo; es sentar el precedente de que EE.UU. puede doblegar a Canadá con amenazas.
Eso, para un nacionalista canadiense, es inaceptable.
Carney llegó al poder con un discurso de "defender la soberanía canadiense", llego con la etiqueta de nacionalista duro.  Si firma un acuerdo que la opinión pública canadiense percibe como una humillación, su carrera política termina. Prefiere el dolor económico a la derrota política. ¿Pero es Carney realmente un nacionalista canadiense? No creo lo sea.
Lo que está haciendo Carney es irracional desde la pura lógica económica.
Sí, va a doler mucho a la economía canadiense. Pero Carney está jugando a otro juego: el de la supervivencia política y la soberanía nacional como carta de triunfo ante la opinión publica
Y aquí entramos en la gran contradicción de la estrategia de Carney, y el punto débil de su argumento político.
Veamos algunos números:
 
Un arancel del 25% a todas las exportaciones canadienses costaría **$3,400 millones de dólares canadienses al día** en pérdida de PIB. En un mes, eso es más de $100,000 millones.
 
Recesión garantizada: Los economistas proyectan que una guerra comercial total con EE.UU. llevaría a Canadá a una recesión profunda en 2026, con contracción del PIB de hasta el 3.5% y desempleo disparándose al 9% (frente al 6.6% actual).
 
Sectores enteros devastados: La industria automotriz, que representa el 12% del PIB manufacturero, colapsaría en semanas porque las cadenas de suministro cruzan la frontera 7 u 8 veces antes de que un auto esté terminado. Un arancel del 25% hace inviable ese modelo.
 
El consumidor sufre: Los precios de todo, desde alimentos hasta electrodomésticos, subirían porque Canadá importa el 60% de sus bienes de consumo de EE.UU.
Carney ganó con un discurso de defensa nacional, pero si en seis meses la gente no puede pagar la gasolina o el supermercado, su "soberanía" se vuelve un lujo que nadie puede permitirse, aunque hay idiotas suficientes en Canadá para que dure un tiempo mayor que el lógica indique.
Además, las provincias se rebelan: Alberta (petróleo), Ontario (autos) y Quebec (aluminio) ya están presionando para que se firme lo que sea con tal de salvar sus economías. La unidad nacional se resquebraja cuando el bolsillo duele. Y el público cambia de opinión: Una encuesta reciente mostró que el 62% de los canadienses apoya la postura firme de Carney... pero ese apoyo puede caer al 38% si la gente empieza a perder sus empleos.
Carney no es tonto. Sabe que no puede ganar una guerra comercial con EE.UU. a largo plazo. Y su estrategia real es usar el tiempo: aguantar el golpe inicial mientras negocia con Europa y Asia, aunque sepa que es un parche, no una solución.
Forzar a Trump a negociar: Mostrar que Canadá no es un aliado que se deja pisotear, esperando que el costo político para Trump (industrias estadounidenses que también sufren) lo lleve a una tregua.
Sí, es una apuesta suicida si se mira fríamente. Carney está jugando al póker con la economía de 40 millones de personas.
Es una decisión entre el mal menor. Y en política, a veces la supervivencia no es económica, sino de identidad. Pero la historia juzga con dureza a los líderes que llevan a su pueblo a la ruina por orgullo. Carney está caminando sobre la cuerda floja, y la cuerda está en llamas.
¿Y mientras que pasa en Canadá?
Los precios de la vivienda se han disparado, los alimentos suben mes a mes, y los salarios no siguen el ritmo. Una guerra comercial solo empeorará esto porque Canadá importa el 60% de sus bienes de consumo de EE.UU.  Las listas de espera para cirugías son de meses o años. La gente muere esperando atención. La inmigración masiva sin la infraestructura adecuada ha saturado hospitales y clínicas. El gobierno de Trudeau primero, y ahora Carney, han mantenido políticas de inmigración que han superado la capacidad de absorción del país. Los servicios públicos, la vivienda y el mercado laboral no dan abasto. La población canadiense creció al ritmo más alto desde la década de 1950, pero los hospitales, escuelas y carreteras no se construyeron al mismo ritmo. La población envejece, el sistema de pensiones (CPP) está bajo presión, y cada vez hay menos trabajadores por cada jubilado.
Viene para Canadá un desastre económico de grandes dimensiones y Carney puede estar subestimando el daño:
El temor a una guerra comercial ya está frenando la inversión empresarial. Las empresas canadienses no van a expandirse o contratar si no saben si podrán exportar a su principal mercado mañana.  Una guerra comercial llevaría al dólar canadiense a su valor más bajo en décadas. Esto encarece las importaciones (alimentos, medicinas, tecnología) y dispara la inflación.
Canadá ya tiene un déficit fiscal considerable. Si la economía se contrae, los ingresos del gobierno caen y el gasto en subsidios por desempleo aumenta. La deuda se disparará.
Carney no está jugando con las grandes ideas, está jugando con la vida de 40 millones de personas. Su apuesta es que el capital político de la defensa nacional le dure lo suficiente para que Trump se canse y negocie. Pero la historia está llena de líderes que confundieron el orgullo con la estrategia y terminaron arruinando a su pueblo.
Desde el 2015 los liberales han estado arruinando Canadá, claro que con el apoyo del pueblo canadiense, hay que decirlo, cuando se cansaron de Harper y eligieron a un profesor de drama de secundaria como Primer Ministro.
Entre 2014 y 2023 el PIB per cápita en términos reales creció apenas 1.9%, el peor desempeño del G7 — menos de un tercio de lo que creció Alemania, el segundo peor. De hecho, el PIB per cápita canadiense fue más bajo en 2023 que en 2018. Otra fuente calcula que el PIB per cápita real ha crecido en promedio solo 0.6% anual — el peor desempeño desde la Gran Depresión — y el ingreso disponible real de los hogares apenas ha subido 0.8% anual.
2015 fue un punto de quiebre económico y varias fuentes coinciden en marcar ese año como el giro: la inversión en maquinaria y equipo retrocedió tras el colapso de precios de materias primas en 2014-2015, y el crecimiento del PIB per cápita ha promediado apenas 0.1% anual desde entonces.
Un análisis lo resume así: tras el colapso de precios energéticos de 2015, el PIB per cápita real de Canadá — antes comparable al de EE.UU. — se ha estancado por una década, mientras el nivel de vida estadounidense siguió mejorando.
Desde 2015, los precios de vivienda en Canadá han subido mucho más rápido que los ingresos — la relación precio-ingreso aumentó 37%, comparado con solo 7% en Alemania y 12% en Japón.
Y no es un sector marginal: el sector inmobiliario ahora representa cerca del 28% del PIB canadiense — es decir, la economía canadiense se ha vuelto estructuralmente dependiente de que la vivienda siga encareciéndose, lo cual es una barbaridad absoluta.
Dicho esto, la defensa de "construir opciones a largo plazo" (diversificación comercial, menos dependencia de un solo mercado) es un argumento legítimo que solo se puede evaluar en años, no en meses y esto se refleja más allá de lo puramente económico: el ranking de Canadá en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU cayó del puesto 13 en 2013 al 16 en 2023, y en el Reporte Mundial de Felicidad cayó del 5º lugar en 2012 al 25º en 2026. Y el dato quizás más revelador: los canadienses menores de 25 años se ubican en el puesto 71 mundial en felicidad, comparado con el 24 para el resto de la población. Pero todo esto es teoría.
USA esta interconectada a Canadá y viceversa.
No Carney, no liberal alguno puede cambiar esto.
El argumento fundamental de Carney es que Estados Unidos ha cambiado, que está utilizando su tamaño de forma agresiva, que las últimas condiciones fueron injustas y que Canadá ahora responderá con sus propios aranceles al tiempo que ayuda a las industrias afectadas.
Admito la primera parte.
Tratar con Estados Unidos en este momento probablemente sea injusto, Trump tiene la ventaja y esa no es una posición cómoda para Canadá, pero es la situación en la que nos encontramos.
La política exterior y el comercio no se basan en obtener un trato igualitario porque parezca lo correcto. Se trata de proteger los intereses de tu país en el mundo que realmente existe. Y prometiendo mas dinero a las empresas fallidas a causa de esta guerra comercial no es la solución, para poner un ejemplo
El gobierno afirma que ya ha proporcionado casi 25.000 millones de dólares en los últimos 18 meses y que habrá más ayuda próximamente.
Si las empresas canadienses pierden competitividad porque Ottawa no puede garantizar un acceso estable a su mayor mercado, los contribuyentes no deberían convertirse en el respaldo permanente.
Las empresas no necesitan compensación por la pérdida de clientes. Necesitan clientes. Los trabajadores no necesitan otro paquete de rescate temporal. Necesitan empleadores con mercados predecibles, costes competitivos y confianza para invertir.
Y Canadá no tiene dinero ilimitado para seguir protegiendo a todos los sectores de las consecuencias del empeoramiento de las relaciones comerciales.
Carney también destaca un mayor crecimiento, la creación de empleo, la inversión en infraestructura, el capital extranjero y las nuevas oportunidades de exportación.  
Muy bien, todo eso es a larguísimo plazo y nada de eso cambia la realidad económica fundamental.
Estados Unidos sigue siendo de suma importancia para Canadá porque nuestras economías están físicamente interconectadas.
Las piezas de automóviles cruzan la frontera repetidamente durante su producción, la energía se transporta a través de oleoductos construidos en función de la demanda norteamericana, camiones y trenes transportan mercancías a través de la frontera todos los días y las fábricas han dedicado décadas a construir cadenas de suministro en torno a los clientes estadounidenses.
La geografía importa. Y es inderrotable. Estados Unidos es mucho más grande. Tiene más consumidores. Tiene más capital y las empresas canadienses necesitan acceso a ese mercado.
Deberíamos intentar reducir nuestra dependencia durante la próxima década?  Si, sin lugar a dudas, para ponernos a cubierto. Estoy de acuerdo
Pero Canadá aún tiene que sobrevivir al próximo año.
Es posible que Estados Unidos no esté negociando de forma justa. También aceptaría eso, pero no hace que desaparezca la necesidad de un acuerdo. 

Como dije antes, no se puede derrotar la geografía ni a la realidad.

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